En el ascensor

Un sitio curioso el ascensor. En él subes y bajas entre pisos sin más esfuerzo por tu parte que apretar un botón, siempre que no seas tan inútil como para bloquear las puertas con un bolso, una cartera, un abrigo o, simplemente, con tu cuerpo.

En el ascensor paso buenos casi siempre buenos ratos. Mi pensamiento pasea y se distrae durante el trayecto, miro al espejo haciendo poses y punteos con mi guitarra imaginaria, saco la lengua, hago 15.000 muecas, pongo miradas asesinas y risas malvadas…

En el ascensor, a veces, coincides con gente. Ese es un pequeño inconveniente, pero bueno, aguantas la respiración unos segundos, sueltas los mismos comentarios mañidos de siempre y saludas y te despides con educación. Mal menor.

Hace unos días coincidí en este ingenio humano con un hombre cuyas primaveras o, más bien, cuyos inviernos rondarían los sesenta. El puto cabrón, no se conformó con empujarme, sino que, para más inri, no se molestó en disculparse o darme los buenos días y, cuando abandonó el ascensor simplemente sus boca eructó: “ossas”. Mi capacidad para analizar el lenguaje de los simios me indicó que había querido decir “buenos días”. Valiente hijo de puta.

No volví a encontrarme con este engendro hasta esta mañana y, como no, en el ascensor. Esta vez sabía lo que tenía que hacer. Después de esperar el tiempo prudente de recibir un saludo sin obtener ninguna respuesta, le agarré de los cuatro pelos que rodeaban su calva y junté con violencia su cara con el espejo del ascensor. Éste quebró y se manchó de rojo. Repetí la operación cinco veces, si bien procuré en la última que su frente golpeara con uno de los clavos de sujeción del espejo. Ahí le dejé postrado, esnifando cristales rotos y su sorbiendo su propia sangre hasta que exhaló su último aliento.

Piso octavo, llegué a mi despacho. Había empezado bien el día. Por delante, ocho o nueve horas de tedio laboral, con la seguridad y la satisfacción de haber dado su merecido a un cretino.

Separador calaveras

Un perro andaluz

Han quitado la versión completa en dos partes que había enlazado de YouTube.

Mientras se deshace el desaguisado, os dejo las primeras escenas.

(Quitadle la música, me lo agradeceréis)

 

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Publicado en on Febrero 14, 2008 at 10:18 pm Deja un comentario
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Rocky Horror Picture Show – Intro y trailer

Publicado en on at 10:10 pm Deja un comentario
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El asesino del dolor

Érase un hombre que sufría como pocos en este mundo. Las jaquecas continuas le doblegaban hasta impedirle mantenerse en pie. El dolor era intenso y sólo cesaba planeando y ejecutando uno de sus rituales.

Una vez ha decidido quien será la víctima a sacrificar, le hace un seguimiento digno del mejor aspirante a Hércules Poirot y espera el mejor momento para asaltar a su presa. Normalmente escoge a mujeres de fuerte atractivo, cuanto más bellas mejor para aplacar el dolor.

Ahora tiene a su víctima desnuda, postrada en una camilla de enfermería, dentro de su repugnante cubil, bien sujeta por sus extremedidades y su cuello. Se inicia el ritual del dolor: áfila diez pequeñas estacas que clava en los dedos de pies y manos de la desgraciada señorita de turno, por debajo de los uñas, al estilo oriental, pasándose así del dolor psíquico al dolor físico. Se deleita contemplando el fluido rojo que brota de cada dedo.

Con un cúter que podríamos adquirir en cualquier papelería, comienza a realizar cortes por todo el cuerpo de la mujer, lo suficientemente profundos como para que la carne se abra a su paso. Al contrario de lo ocurre con las perfectas líneas marcadas en las areolas de los pezones de la mujer, en las cuencas de los sus ojos o en la comisura de sus labios, los cortes sobre el cuerpo de la mujer son totalmente anárquicos, como si los produjera un viento caprichoso y afilado.

LLegó la hora de preparar la salsa: alcanza la sal y la vinagre y decide aderezar las heridas de la desdichada mujer con el oro blanco y el ágrio fruto del vino. La chica, se rompe con el dolor.

Sin mayores dilaciones, él decide poner fin a su sufrimiento. Eleva su katana hacía la luz de la vieja araña y de un golpe seco asesina el dolor de la triste hembra, seccionándole el cuello… su cabeza cae al suelo.

 Él tampoco sufre, su dolor tambien ha siso asesinado con el acometimiento de la espada japonesa.

Voverá a actuar cuando sus jaquecas le indiquen que es el momento y entonces repetirá el rito de sangre, dolor y muerte. Otros se toman una aspirina…

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