Un sitio curioso el ascensor. En él subes y bajas entre pisos sin más esfuerzo por tu parte que apretar un botón, siempre que no seas tan inútil como para bloquear las puertas con un bolso, una cartera, un abrigo o, simplemente, con tu cuerpo.
En el ascensor paso buenos casi siempre buenos ratos. Mi pensamiento pasea y se distrae durante el trayecto, miro al espejo haciendo poses y punteos con mi guitarra imaginaria, saco la lengua, hago 15.000 muecas, pongo miradas asesinas y risas malvadas…
En el ascensor, a veces, coincides con gente. Ese es un pequeño inconveniente, pero bueno, aguantas la respiración unos segundos, sueltas los mismos comentarios mañidos de siempre y saludas y te despides con educación. Mal menor.
Hace unos días coincidí en este ingenio humano con un hombre cuyas primaveras o, más bien, cuyos inviernos rondarían los sesenta. El puto cabrón, no se conformó con empujarme, sino que, para más inri, no se molestó en disculparse o darme los buenos días y, cuando abandonó el ascensor simplemente sus boca eructó: “ossas”. Mi capacidad para analizar el lenguaje de los simios me indicó que había querido decir “buenos días”. Valiente hijo de puta.
No volví a encontrarme con este engendro hasta esta mañana y, como no, en el ascensor. Esta vez sabía lo que tenía que hacer. Después de esperar el tiempo prudente de recibir un saludo sin obtener ninguna respuesta, le agarré de los cuatro pelos que rodeaban su calva y junté con violencia su cara con el espejo del ascensor. Éste quebró y se manchó de rojo. Repetí la operación cinco veces, si bien procuré en la última que su frente golpeara con uno de los clavos de sujeción del espejo. Ahí le dejé postrado, esnifando cristales rotos y su sorbiendo su propia sangre hasta que exhaló su último aliento.
Piso octavo, llegué a mi despacho. Había empezado bien el día. Por delante, ocho o nueve horas de tedio laboral, con la seguridad y la satisfacción de haber dado su merecido a un cretino.
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