Muerte en Palomares 29

Acabo de fregar los platos, barro y friego el suelo de la cocina. Voy al salón y me siento junto a mi marido en el sofá, me adormezco hasta que se levanta para volver al despacho.
Espero. Oigo el coche arrancar y alejarse.
Me pongo el chándal, cojo las cosas del baúl del trastero, miro el reloj, sí vamos bien de tiempo, Berto no tendrá que esperar. Me dirijo en mi utilitario al centro comercial, voy directamente a los baños, un par de chavalitas que se han pirado las clases se ríen y retocan su brillo de labios, me encierro en uno de esos cubiles infectos, me cambio de ropa, me pongo la peluca, pelo negro estilo paje y las lentillas oscuras ayudada de mi pequeño espejito. Las niñas se han marchado, hoy puedo maquillarme fuera. Menos cuarto, perfecto. Me dirijo a la salida y tomo un taxi, Palomares 29, por favor. Miro por la ventanilla y pienso en Berto. No es un gran amante, bastante mediocre, tampoco es una persona culta y fascinante, de gustos refinados; de cuerpo, pasable. Sólo buscaba romper la rutina de su vida, apenas nos hemos dado unas pocas explicaciones de por qué hacemos esto antes de nuestro primer encuentro, sólo me limité a decirle que me pasaba algo similar con algún adorno convincente, una historia vulgar y corriente, por eso me asquea, era sólo un tío que estaba aburrido de su mujer y su vida y quería darle un poco de vidilla, sin complicaciones. Cuando me vio, tuvo claro que lo que quería era follar conmigo.

El taxista ha parado, aquí estamos señora. Le pago. Su mirada es de lujurioso desprecio, Palomares 29 es un edificio de apartamentos que no goza de buena reputación, pero no es un lugar de baja estofa, de putas y chulos pendencieros, aquí no hay escándalos ni puñaladas, es un lugar para señoritas y caballeros discretos de clase media acomodada. En la mirada del taxista se lee: una zorra con suerte que le han puesto piso en Palomares 29. Sin embargo, mi apartamento está alquilado a nombre de Cristina Montenegro, como consta en mi segundo dni, pagado puntualmente por transferencia bancaria a principios de mes. Me limito a sonreirle a ese pobre desgraciado subido en su taxi y su bigote repugnante.

Berto llegará en diez minutos, todo está preparado. Me incomoda un poco todo el trabajo que vendrá después pero, bueno, es lo que me mantiene en forma el trabajo duro de limpieza. Ni siquiera me da tiempo a seguir pensando en ello, suena el timbre.

Abro la puerta esbozando una sonrisa sugerente. Berto me la devuelve mientras cierra la puerta tras de sí. No tengo ganas de decir nada, me pregunta qué tal, sin contestar le despojo de su cazadora. Una duda me asalta, mientras paso a su camisa:

- ¿Algún problema para venir?¿Dónde has dejado el coche?

- En el parking de la plaza de Esp…- sus palabras se desarticulan y convierten en gemidos, no le dejo terminar, es suficiente. Unas uñas bajando hacia los pantalones pueden tener ese efecto si se saben llevar.

Tengo prisa, mucho por hacer, le agarro del cinturón y le llevo al dormitorio. Le arrojo sobre la cama mientras se quita los pantalones, dejo caer mis braguitas por debajo de la falda y me desprendo de la camiseta, me subo encima de él y dejo que acaricie mis pechos, me mira a los ojos y le sostengo la mirada. Sus dedos juguetean con mis pezones erectos y me relamo de gusto, empiezo a acompasar mis caderas con el movimiento que doy a su miembro enchido agarrado entre mis manos.

Sonidos entrecortados de placer me impulsan a continuar sin piedad, retiro una mano y con la otra le guío para que penetre entre los labios húmedos y ansiosos. Mis movimientos se van acelerando adueñándose de su voluntad y sus caderas. Un pensamiento cruza mi mente, vas a morir, y no puedo más, noto cómo todo mi cuerpo empieza a contraerse en un sólo punto que de repente implosiona en mi interior, mi vagina se contrae y se relaja espasmódicamente y una oleada de infinitud me devora. Luego lentamente se desvanece, se va apagando entre mi respiración todavía entrecortada.

Él se aferra a mis caderas e impone su ritmo acuciante, me dejo caer sobre su pecho y le agarro fuertemente del pelo, dejando su garganta al descubierto… Se debate contra si mismo poseído por su deseo, con la otra mano abro el cajón de la mesilla, su miembro está a punto de estallar dentro de mí, a tientas he encontrado lo que buscaba, contraigo los músculos en mi interior y el placer le arrolla furioso y desatado, noto como en cada espasmo su líquido se derrama. Agotado y desarmado en el culmen de su clímax, con un rápido movimiento le clavo la jeringuilla en el cuello, donde se yergue y palpita su yugular. Un movimiento brusco instintivo de su cabeza al recibir el pinchazo impiedoso es abortado por mi mano, asida a sus cabellos, que le hunde la cabeza en la almohada. No tiene ni idea de lo que está pasando me dice su rostro, su mirada… y ya nunca lo sabrá.

Perteneciente al conjunto de relatos Cristina M., asesina en serie

Continúa en Exanguinación

larguirucho y calvo asesinado

El jefe

jefe

Es un ejemplar bastante común. La clase de personajillo egocéntrico y egoísta que siempre habla “ex cathedra” y sólo piensa en su propio beneficio con todas sus acciones. Por si fuera poco, es cabezón como el solo, falso como un billete de cuatro euros y con una sonrisa de mentira en su rostro siempre dispuesta a mostrar al más pintado. Además, es alto y relativamente delgado, cuatro pelos peinan su cabezota y va siempre acelerado a todos los lados.

El muy engreído hijo de la gran puta va a sufrir como nunca he hecho sufrir a nadie. Una noche, cuando todos se hayan ido, entraré en su despacho empuñando mi machete de desbrozar y una lámpara roma en la otra mano. Antes de que levante la vista de la pantalla del ordenador, le propinaré un lamparazo que le hará perder el sentido, tras lo cual te ataré a una de las sillas y le amordazaré con cinta carrocera (americana, para los que solo ven películas).

A continuación, le despertaré arracándole las uñas de manos y pies una a una, luego pasaré, por la carne que han descubierto, el pinta-uñas untado en vinagre. Introduciré sendas pinzas alrgadas en sus oidos y le arrancaré los tímpanos. Seguidamente le cortaré la lengua embustera de que ha sido dotado y le pondré en la boca un buen puñado de cal viva. Rápidamente le abriré en dos, desde el esternón hasta su sexo, que para eso me traje el machete, y se la cortaré. Le vaciaré como un policía psicópata vacía sus cargadores, dejando al aire todos sus órganos internos.

Para culminar la faena, le rociaré de gasolina, le prenderé fuego y me sentaré en frente de él para ver como se deshace el desgraciado. Es un larguirucho calvo.

en el ascensor 2: sexo y asesinato

Ya he descrito antes las bondades y maldades del ascensor, ese ingenio humano que tan útil es en esta sociedad desnaturalizada llena de colmenas, donde se hacinan viviendas, oficinas, despachos, estudios y otros cubiles de distinta ralea.

Cosas de psicópatas. En Enero tuve una experiencia sexual en uno de ellos. Seguro que no soy ni el primero ni último en sucumbir a la tentación de practicar sexo en un elevador. Oh, Steven Tyler, ¡cómo me marcaste!

Me disponía a apretar el botón hacia el octavo piso cuando una rubia un poco pija entra en el ascensor. “Buenos días”-me dijo-, “buenos días”-respondí y añadí-”¿a qué piso vas?”, a lo que contestó: “al noveno, gracias”. Llevaba una falda vaquera con botones descendiendo por toda ella y una camisa roja de marca debajo de su abrigo azul marino. Era una mujer de bandera, de esas banderas que ponen la piel de gallina cuando las agitas.

En mi cabeza empezó a sonar el tema “Love in an elevator”, de Aerosmith y poco a poco me fui dejando someter a la excitación de las imágenes que se agolparon en mi mente. Me lancé a ella y la besé directamente. Para mi sorpresa, no protestó, sino que me respondió su cálida lengua que me llegó a lo más profundo. Era el momento de detener el ascensor. Mi excitación crecía mientras le besuqueaba el cuello y ella dejaba escapar gemidos de placer. Mis manos pasaron a la acción y comenzaron a desabrochar los botones de su camisa. Con esta operación, después de desnudar cada parte de su dulce cuerpo mis labios se posaban en su carne.

Me gustan los sujetadores de encaje, estaba deseando arrancárselo de un bocado, me dominaba la pasión, pero decidí abrirlo con la maestría que me caracteriza, dejando al descubierto lo que esconde una talla noventa y cinco. Allí mismo devoré con pasión sus pezones enhiestos, buceé entre sus pechos, me perdí en su ombligo…

Mis manos se deslizaron debajo de su falda, desgarrándole, esta vez sí, sus suaves pantys, encontrándose con su sexo húmedo cubierto por unas braguitas a juego con el sujetador. Mis dedos invadieron su fruto sagrado y buscaron el túnel del placer con éxito. Empecé a masturbarla primero con suavidad, luego con más firmeza para acabar de forma violenta, maniobra que parecía darle mucho placer.

Llegaba el momento de iniciar el clímax… pero estábamos en el más crudo de los inviernos. “Yo no saco la polla con este frío”-me dije, y sin mayor dilación saqué mi machete de doble filo. Ella ni lo advirtió. Con la misma fuerza con la que había terminado de darle placer, aseste múltiples puñaladas en su sexo, todas hasta la empuñadura, como las buenas estocadas, la agarré la cabeza y la degollé. Mojé mi cuchillo y mojé mi pantalón.

Separador calaveras

Mirada delirante

Miro atrás y veo esos cuerpos sin vida que tanto deleite y dolor me produjeron en su tiempo, en el fugaz momento en que pasaron junto a mí y segué el hastío de sus almas y de sus vidas huecas quedando su gesto helado en la mueca del pánico. A veces, su presencia me angustia e intento no recordar, porque deleite y dolor se funden en un sentimiento agónico que me quita el aliento. Oigo un ruido entre los cubos de basura. Miro a mi alrededor, se me desgarran las pupilas y la vista se me nubla de rojo.

Ahora, en un callejón oscuro, un perro miserable yace eviscerado en un rincón retorciéndose todavía entre sus intestinos y sus heces, y fluye un líquido oscuro, grumoso, que derramado avanza mansamente por el suelo, lo toco, tibio, con la punta de los dedos. Un segundo de deleite…

Pero no, no sacia mi presente ni mi pasado. Huyo y regreso perseguida por mi propia ansia. Sentada en el callejón, mis manos en la cabeza trazan surcos agitados de mechones de cabello oscuro: estáis cerca de mí os siento, me rondáis, pero no oigo vuestras voces ni recuerdo vuestras caras, sólo vuestros cuerpos, sólo oigo vuestros gemidos de infortunio graves, roncos, profundos, sordos, … Y ahora, sólo el silencio, suenan pasos incautos que se acercan secamente … mi sonrisa demudada me dice ¿los oyes?

Ya en mis ojos refulge una mirada delirante.

Separador cruces

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