Mirada delirante

Miro atrás y veo esos cuerpos sin vida que tanto deleite y dolor me produjeron en su tiempo, en el fugaz momento en que pasaron junto a mí y segué el hastío de sus almas y de sus vidas huecas quedando su gesto helado en la mueca del pánico. A veces, su presencia me angustia e intento no recordar, porque deleite y dolor se funden en un sentimiento agónico que me quita el aliento. Oigo un ruido entre los cubos de basura. Miro a mi alrededor, se me desgarran las pupilas y la vista se me nubla de rojo.

Ahora, en un callejón oscuro, un perro miserable yace eviscerado en un rincón retorciéndose todavía entre sus intestinos y sus heces, y fluye un líquido oscuro, grumoso, que derramado avanza mansamente por el suelo, lo toco, tibio, con la punta de los dedos. Un segundo de deleite…

Pero no, no sacia mi presente ni mi pasado. Huyo y regreso perseguida por mi propia ansia. Sentada en el callejón, mis manos en la cabeza trazan surcos agitados de mechones de cabello oscuro: estáis cerca de mí os siento, me rondáis, pero no oigo vuestras voces ni recuerdo vuestras caras, sólo vuestros cuerpos, sólo oigo vuestros gemidos de infortunio graves, roncos, profundos, sordos, … Y ahora, sólo el silencio, suenan pasos incautos que se acercan secamente … mi sonrisa demudada me dice ¿los oyes?

Ya en mis ojos refulge una mirada delirante.

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