El sastre

C.H.R. vivía una existencia de lo más normal. Realizaba trabajos de sastrería para clientes particulares y comercios de toda la provincia, en la cual había adquirido gran fama y prestigio debido a la meticulosidad de su trabajo, además de un número creciente de pedidos. Su familia estaba formada por su mujer, Adriana, y sus tres hijos, Alejandro, Tristán y Elena.

Nada hacía prever los sucesos que ocurrirían la noche del 23 de Julio, noche de luna llena. C.H.R. se despertó de madrugada y, en su cabeza, empezó a resonar aquella voz: “Mátala, mátala, mátala”. El infeliz sastre se acercó a la cocina de su humilde hogar y asió un cuchillo de carnicero. Sin solución de continuidad, se dirigió a su dormitorio y asestó una cuchillada, mortal de necesidad, en la cabeza de su esposa. La pobre mujer ni siquiera despertó de su sueño, que se tornó eterno.

Al salir de su dormitorio, pasó por la habitación de los niños. De nuevo, la voz resonó en su cabeza: “Mátalos, mátalos a todos”. Sin pararse siquiera, extrajo el cuchillo de la cabeza de su esposa y se dirigió hacia su prole. Primero fue Alejandro, de ocho años, el objeto de la sinrazón de su padre. La acometida no fue certera y el dolor despertó los gritos de la pequeña criatura, que recibió a continuación múltiples cuchilladas por todo su cuerpo. Sus hermanos abrieron los ojos al dantesco espectáculo y chillaron de auténtico pánico al ver a su hermano teñido de sangre. El padre acorraló a los pequeños en un rincón de la habitación. Asió a Tristán, de seis años, de su melena abundante y le degolló, ante el terror de su hermana Elena, que no podía articular ningún sonido. Seguidamente, agarró a la pequeña, de tres años, la tumbó en el suelo, y la abrió en canal con la destreza de un carnicero.

Para cuando los bomberos y la policía, por fin, echaron la puerta del domicilio abajo, acudiendo en respuesta de las llamadas de los vecinos, alertados al oír los gritos de los pequeños, se encontraron al sastre a los pies de la cama de matrimonio, llorando a mares, sin dejar de pronunciar el nombre de su mujer. Cuando le llevaron al cuarto de los niños, el horror se adueñó del joven marido, que intentó en vano abalanzarse a abrazar los cuerpos de sus hijos brutalmente asesinados.

En su declaración a la policía, C.H.R. comentó que no sabía cómo podía haber ocurrido aquello. Su abogado, amigo de la familia, tras valorar la prueba presentada, concluyó su alegato diciendo: “El diablo anda suelto”.

Una respuesta to “El sastre”

  1. Chinasklauzz Dice:

    Este tipo de declaraciones de asesinos crueles es una farsa total, una inventiva al efecto inexplicable de sus atroces hechos: Alguien que asesina y mata y le hecha la culpa al diablo y a su locura simplemente trata de buscar algún alivio y salir mejor librado de la cárcel. Muerte para los que matan a mis desprotegidos.

    Chinasklauzz.

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