Tras lo sucedido, pasé unas semanas flotando a base de tranquilizantes y alcohol, saboreando los deliciosos momentos del último estertor de Jota y sintiendo un cierto temor desganado, una inquieta desazón por si había alguna forma de relacionarme con aquel asesinato.
Existía la remota posibilidad de que algún cabo hubiese quedado suelto, porque la debacle final de la relación con mi maestro, no estaba prevista. Sí, todo fue preparado y calculado minuciosamente llegado ese punto, pero … la duda, la maldita duda de lo que escapa a mi control pugnaba por subir a la superficie.
Pero el caso al fin pareció quedar enterrado dados los antecedentes de Jota y nunca llamaron a mi puerta.
Cuando tuve la certeza de que estaba a salvo, me preparé el último trago y en el silencio de la sala musité unas palabras por él:
-Gracias Jota por todo lo que me has enseñado. Sin ti mi vida ahora no tendría sentido. Al final, tuve que hacer lo que hice, porque no me diste opción, y por ello te estoy más agradecida todavía. Empezaste por enseñarme el mundo y terminaste enseñándome cosas de mí misma que no conocía.-
- Por ti – añadí apurando el trago hasta el final.
Desde ese momento supe, tras la resaca del asesinato y del temor, que jamás encontraría nada que me hiciese sentir más viva que matar, arrancarle la vida a personas impuras, condenadas y ajenas a su destino, hojas arrancadas del libro de mi vida que iba a reescribir.
- Hola, nena – voceó mi marido al irrumpir en casa.
- Hola, cielo – contesté – me has pillado tomándome un chupito – añadí riendo tontamente.
- Pues que sean dos – apostilló aflojándose la corbata – hoy me lo he ganado. No veas que lío han montando los de …
Y efectivamente empecé ilusionada a reconducir los por fin poderosos caudales de mi vida por nuevos cauces.
Relatos de la serie




























[...] Requiem por la víctima 1 [...]