Eran más de las ocho de la tarde. La última cliente salió con su nuevo peinado fashion para impresionar a todos en la recepción a los atletas triunfadores en las olimpiadas. “A ver si me ligo a uno de esos Adonis”-pensaba la ilusa cuarentona-.
Los demás empleados ya se habían ido. Sólo quedaba dentro la peluquera, ajena al hecho inquientante de que estaba siendo espiada desde la calle desde hace días.
Él se encaminó a la entrada del establecimiento, tras comprobar que ella había cogido las llaves y estaba a punto de salir. Cuando se disponía a cerrar la puerta, él la empujó hacia dentro de la peluquería, le golpeó con toda la fuerza de su gancho y le arrebató las llaves, cerrando la puerta y corriendo la persiana veneciana de aluminio.
“Ahora te voy a hacer un tratamiento integral”-comentó él, mientras desnudaba y ataba a la joven peluquera, esposa y madre, a una de las sillas, frente a un espejo, pudiendo así comprobar ésta que estaba sangrando abundantemente por el pómulo derecho.
A continuación, él agarró las tijeras “hikato” y comenzó a clavárselas en los hombros a la joven repetidas veces, causándole numerosas heridas profundas. La “ermila” llamó su atención, la enchufó y se dipuso a rapar por completo a la peluquera, incluido su vello púbico.

Tras contemplar su obra, tomó las planchas “asuer” que previamente había conectado a la red eléctrica y las fué colocando durante veinte segundos cada vez por todo su cuerpo. Ese tiempo se alargó a cuarenta segundos cuando las planchas de posaban sobre los pezones y los genitales de la mujer.

Cuando acabó con esta tarea, empuñó en una mano una navaja “razor” y una estilo japonesa en la otra, y se entregó a un baile grotesco, propinándole tajos al azar en todo el cuerpo de la peluquera, mientras en la radio sonaba una bachata de Juan Luis Guerra.
El fundidor había cumplido su tarea de calentar la cera, y él llevó acabo su aplicación sobre cuerpo de la infeliz. Una vez hubo secado, fué arrancando las tiras lentamente, contemplando el rostro de dolor de su víctima. Sus múltiples heridas volvían a sangrar abundantemente.

Mientras la peluquera sollozaba, él abrió su maletín y comenzó a armar su taladro con la broca más gorda que tenía. La empuñó con una carcajada y, sin mayor dilación, taladró la cabeza de la mártir en al menos 30 puntos por toda su cabeza y su rostro, mientras la sandre y los trozos carne y cerebro lo salpicaban todo a su alrededor.
Se acercó a las pilas y se lavó afanosamente. Guardó su ropa en una bolsa. Salió del local, satisfecho y desahogado, como quien tiene un orgasmo, como él mismo.