Meme libros

Hace tiempo que Psicodelirium dejó de participar en memes, no obstante, éste al que nos invita la Biblioteca del manicomio nos resulta especialmente interesante y, sin duda, merece que hagamos una excepción.

Libros elevados a los altares de Psicodelirium

“No digas que fue un sueño” – Terenci Moix: Nunca una historia por todos conocida fue narrada de manera más bella. Altamente recomendable, con algunos pasajes sencillamente inmejorables.

“El proceso” – Franz Kafka: El hombre ante un sistema incomprensible y del que acaba siendo víctima. Ayuda a comprender esa vieja maldición gitana de “pleitos tengas y los ganes”.

“Frankenstein o el moderno Prometeo” – Mary Shelley: Una Novela con mayúsculas, con aires románticos, trágicos y de fatalidad. Se la recomiendo encarecidamente a quienes únicamente conocen a Frankenstein por el cine.

“Los guardianes de la libertad”- Noam Chomsky y Edward S. Herman: o de cómo el poder nos controla a través de genuflexos medios. “Fabricando consenso” es la traducción literal del título en inglés. Y eso es lo que hacen nuestros gobiernos a todos los niveles.

“Fantasmas” – Dean R. Koontz: Probablemente, una de sus mejores novelas de terror. Haciendo mío el tan manido tópico, no da tregua al lector. Tensión, sorpresas, un antiguo enemigo…

“American Psycho” – Breat Easton Ellis: Todo un personaje simpático y entrañable que nos reconcilia a todos con todo lo bueno que hay en el mundo. ¿Producto del sistema?, ¿Naturaleza humana? Quién sabe…

“El paraíso perdido” – John Milton: Da mil vueltas al relato bíblico y su lectura aúna belleza y erudición a partes iguales.

“Cuentos completos” – Mario Benedetti: Mi cuentista favorito, además de un gran poeta, novelista, ensayista y… en fin, un regalo para el intelecto y la imaginación.

“Antología poética” – Gabriel Celaya: Desde los tiempos del Instituto hasta la actualidad, sus versos me han acompañdo en las distintas etapas de mi vida. Apto hasta para aquellos que no leen poesía.

“La hoguera de las vanidades” – Tom Wolfe: Una instantánea de lujo de una ciudad, de sus personajes, las relaciones humanas y las de poder, además de una novela magnífica. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Condenamos al infierno de nuestra biblioteca:

“Los templarios y la Mesa del Rey Salomón” – Nicholas Wilcox: La profusión de datos y reiteraciones hacen de esta obra, supuestamente de Juan Eslava Galán, un puro infumable.

“La estrategia de la conspiración” – César Vidal: Por favor, se buscan secuaces para conjurarse con el fin de que este señor no escriba un solo libro más. Da la impresión de que se inventa, al menos, la mitad de lo escribe.

“La Biblia” – V.V.A.A.: Conjunto de narraciones inconexas y contradictorias, algunas escritas muchos años después de los hechos que osa narrar, cuya autoría no está nada clara y que varios grupos proselitistas interpretan de la forma más conveniente a sus propios intereses a lo largo de la Historia.

“Quien se ha llevado mi queso” – Spencer Johnson: Un auténtico bodrio perteneciente al floreciente y lucrativo género de la autoayuda que nos narra una historia para tontos con la finalidad de que no nos rindamos ante las adversidades. Mejor leer “El Señor de los Anillos”.

“Economía” – Paul Samuelson y William D. Nordhaus: Un compendio hagiográfico, auténtica biblia económica para muchos, del sistema económico que enriquece al 10 % del mundo y empobrece al 90 % restante, perpetuando las desigualdades y la Injusticia en el universo. Así estamos ahora con esas ideas de vaqueros.

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Invitamos a nuestros blogs amigos y blogs de historias y relatos a hacerlo también.

Qué piensan las mujeres

Separador cruces

- No entiendo a las mujeres. No sé lo que pasa por su cabeza. Son como de otro planeta, que digo planeta de otra dimensión -

Cuántas veces no han pronunciado los hombres estas palabras o semejantes. Yo se las oí ayer mismo a dos hombres que estaban en la calle, no pude menos que sonreír para mis adentros y recordar algo… (y no fue la estúpida película de Mel Gibson).

Creedme, machitos ibéricos y transoceánicos, a veces, es mejor no saberlo.

Este es el “algo” que recordé…

Separador cruces

Publicado en on Noviembre 21, 2008 at 8:44 pm Comentarios (31)
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La cruz invertida

cruz

Elpidio tenía sobre la mesa de su despacho un crucifijo de plata y una antigua biblia encuadernada en cuero. Era un hombre profundamente creyente y devoto. Sus estudios y trabajos se veían reforzados por su fe y talante imperturbables puesto que la religión eran la fuente de la que bebían, tanto que algunos a sus espaldas le llamaban “el obispo”. Su vida era el cristianismo, tanto en lo personal como en lo profesional, católico practicante y evangelizador.

Elpidio clavaba los codos sobre la mesa de su despacho enfrascado en la investigación de un antiquísmo libro, “Contra la herejía” de Irineo de Lyon. Recopilaba a mano citas y hacía comentarios del libro del Santo Padre de la Iglesia cuando, de repente, reparó en que la cruz de plata que reposaba a su izquierda estaba invertida.

Molesto por el simbolismo, lo apartó de su mente ipso facto y refunfuñó sobre el escaso cuidado y respeto que mostraba la señora de la limpieza. No quería pensar en la relación con el satanismo y desvió sus pensamientos hacia el martirio de S. Pedro crucificado de esta forma por no considerarse digno de morir como Nuestro Señor, mientras musitaba una plegaria por todos los mártires. Acto seguido, besó la cruz, la colocó en la posición correcta y volvió al trabajo retomando su edificante lectura.

No obstante, esto volvió a repetirse al día siguiente y al otro y al otro… hasta que decidió, a pesar de su sobrio, moderado y apacible carácter dirigirse a la señora de la limpieza para comentarle este pequeño detalle. Con todo el respeto y tacto del mundo contó lo acaecido y preguntó con una delicadeza exquisita si por descuido no habría ella mudado la orientación del objeto en causa.

La respuesta de la mujer fue vehemente, furibunda, desaforada… a pesar de todo el cuidado que el académico había puesto. Elpidio se retiró discretamente, no estaba acostumbrado a ese tipo de comportamientos exageradamente airados, mientras la mujer seguía echando pestes sobre todo lo habido y por haber, herida en su pundonor.

Tan desproporcionada y desmesurada reacción fue interpretada por el estudioso como producto de la culpabilidad, esperando que los hechos no se repitieran. Estaba claro que la mujer adolecía de una extrema soberbia careciendo de la cristiana virtud de la humildad y rezaría por ella.

Con todo, la metódica vida de Elpidio no volvió a los cauces de su monótono transcurrir, tuvo que volver a soportar la misma infamia cada mañana empeñado en que aquello era obra de aquella impía, infame y lenguaraz fémina. El devolver la cruz a su posición original y debida se tornó en uno más de sus ritos meticulosos de todas las mañanas… hasta que un día no fue capaz de hacerlo.

La cruz se aferraba a la mesa y no se dejaba mover, a veces parecía ceder un poco, pero como si tuviese un resorte, volvía a la infamante posición. Elpidio estaba atónito, miró debajo de la mesa, observó si había sido perforada… pero no había rastro alguno de manipulación. Además, aquello era demasiado sofisticado para aquella mujerzuela.

Elpidio no estaba contento (era lo que más se dejaba a sí mismo aproximar a la ira, funesto y capital pecado) y continuó luchando contra la cruz, apoyando incluso sus pies contra la robusta mesa y tirando con todas sus fuerzas. La cruz no cedió un ápice y se dejó caer exhausto, sudoroso y derrotado sobre su silla.

Totalmente desconcertado y mientras se repetía a sí mismo como una salmodia “esto no está sucediento”, reparó en que unas gotas de tinta roja se escurrían de entre las hojas de su Biblia. Al abrirla aproximadamente por aquel punto, halló el símbolo de Baphomet… una especie de aullido emergió de sus entrañas y arrancó la hoja, para encontrar lo mismo en la siguiente y la siguiente… que siguió arrancando entre alaridos, presa de un ataque de pánico. Pero las hojas no caían al suelo, sino que giraban en torno a sí en una espiral imposible con Elpidio ya completamente fuera de control.

Varios compañeros se sobresaltaron cuando oyeron aquel primer grito desgarrador y la gente fue saliendo de sus cubiles ante la algazara que se estaba armando en los sacrosantos y casi monásticos pasillos de la Facultad de Teología. Localizaron y acudieron finalmente al lugar del estrépito, impensable en el despacho de Elpidio.

Lo encontraron desplomado en el suelo rodeado de hojas arrancadas, encharcado en sudor y jadeante, Elpidio medio inconsciente por el shock pudo ver difusamente caras de amigos, de conocidos y menos conocidos entre los que fueron a socorrerle, pero su vista se quedó clavada en un reflejo brillante. Era una medalla con un símbolo extraño que le resultaba familiar, a alguien se le había salido de dentro de la camisa, al agacharse. Acto seguido, el corazón de Elpidio se detuvo … para siempre.