Éramos unos descerebrados con una adolescencia recién estrenada y muchas ganas de probar cosas nuevas y vivir emociones fuertes. Dejando a un lado los excesos de drogas, alcohol y mujeres, algo que queríamos hacer desde hacía tiempo estaba perfectamente planificado para aquella noche de verano: una sesión de espiritismo.
El lugar elegido, como no podía ser de otra forma, era el local que nos servía de garito para cometer los abusos a los que antes me refería: La Peña, ubicada en una vieja casa de adobe que muchos años atrás había servido de depósito de cadáveres.
Lo poco que sabíamos lo aprendimos en el cine, vieja escuela de tantas artes más allá de la cinematografía pura y dura. Con este escueto bagaje, nos juntamos cinco insensatos con una vela, una vaso bajo de nocilla vacío y una especie de tapete de cartón, con las palabras “si” y “no” escritas en sus respectivos extremos, que colocamos sobre la mesa que nos solía servir para jugar a las cartas.

Después de una buena cena, regada con abundante vino adquirido por uno de los mayores, nos dirigimos a la Peña y, una vez que todo estaba dispuesto, nos sentamos alrededor de la mesa uniéndonos con nuestras manos a los compañeros que teníamos a derecha e izquierda.
Con los ojos cerrados, nos concentramos y, sin mucho más preámbulo, comenzó la sesión sobrenatural: María empezó a preguntar: “¿Hay alguien aparte de nosotros cinco?”- a lo que siguió un movimiento espontáneo del vaso hacia el “si”. Como no podía ser de otra forma forma, dada la edad, el empacho, la borrachera y la inconsciencia, nos echamos a reír, volviendo a continuación el vaso al centro de la mesa.
Sin soltarnos, seguimos preguntando cosas de vital importancia para los adolescentes: “¿Mónica y yo vamos a follar?”. El vaso se volvió a desplazar al “sí”. No sabía si partirme de risa o recrearme en el futuro polvo.
Teo inquirió al vaso: “¿Voy a tener un apartamento en la costa?”. Nuevamente el vaso se deslizó suavemente hacia el “sí”. “Que suerte tienes hijoputa” – respondió Felipe- “pregunta tú a ver” -le contestó el primero.”Me va a tocar la lotería de Navidad” -inquirió el susodicho, volviendo el vaso a desplazarse hacia el “sí”.
Era el turno de Maite: “¿Estás solo?”. Por primera vez, el vaso se movió hacia el “no”. No contenta con una sola respuesta, interrogó de nuevo: “¿cómo sabemos que no nos mientes?”. Como si la pregunta hubiera disparado un resorte, el vaso se alzó en el aire y, bruscamente se estrelló contra la pared. Todos salimos de la Peña y ninguno volvió a acercarse en la escasa semana que nos quedaba de vacaciones.
Al año siguiente nos buscamos una nueva Peña y ninguno volvió a hablar de aquel incidente hasta ahora. Toda España vio cómo, a las puertas de aquella Administración de Lotería, Felipe celebraba su suerte al ser premiado con tres décimos del premio gordo del sorteo de Navidad. La periodista se dirigía a él cuando éste se agarró el brazo derecho y su rostro empezó a ponerse blanco como la nieve. A continuación, calló al suelo, no pudiendo los servicios médicos hacer otra cosa por él que certificar su muerte por paro cardíaco.
Aunque estábamos con la mosca detrás de la oreja, ninguno relacionó en un primer momento la muerte de Felipe con nuestra experiencia aquel verano en la Peña.
María no pudo superar la pérdida de su marido e ingresó voluntariamente en la más prestigiosa clínica psiquiátrica del país. Ya no hablaba con nadie, era incapaz de mantener una conversación. Sus compañeros de “retiro” y el personal del centro refieren que, de vez en cuando, repite atemorizada: “No estoy sola”.

Apenas un año después de aquello, quedamos con Teo para comer en un restaurante céntrico, al lado de la Notaría donde firmaría las escrituras de compra de su Duplex en primera línea de playa. Ya salía de la oficina del fedatario y empezaba a cruzar la calle cuando el conductor de un coche robado aceleró saltándose el semáforo en rojo y atropelló a nuestro Teo poco después de formalizar la compra de un sueño.
No podíamos creer lo que estaba ocurriendo. Aunque suspendimos la comida, después del velatorio Mónica y yo decidimos tomarnos unos buenos copazos para mitigar las penas y el sufrimiento que nos afligía a causa del destino de nuestros amigos, sin pensar lo que aquel nos depararía a nosotros.
Después de quemar la noche, nos fuimos a su casa. Me llevó directamente a su habitación y, tras mirarnos a los ojos enrojecidos por humos y alcohol, nos besamos y desatamos toda nuestra pasión. “Era una asignatura pendiente que teníamos desde hace tiempo” – dijo ella tras aplastar su cigarrillo contra la base del cenicero caoba – “voy al baño”.
Entretanto, me puse a curiosear por su escritorio. Una escritura de la misma notaría a la que acudió Teo. Un testamento. De ella. A su lado, un libro abierto por una página con el siguiente párrafo subrayado: “Los espíritus son seres sensibles y, en función del trato que tengamos con ellos, obtendremos una u otra respuesta. Las burlas, el desánimo, la incredulidades y el no saber cómo realizar las sesiones nos conducirán no solamente al fracaso, sino a consecuencias más graves la mayoría de las veces: un espíritu malvado puede convertirse en un enemigo terrible.”
Palidecí al momento. En un instante lo comprendí todo. Al verme apoyado en su escritorio, Mónica profirió, con una voz gutural que no era de este mundo: “No vas a estar solo mucho tiempo”.
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