Siempre quise volver con Sandra. No es sólo porque tengamos un hijo en común, si no también porque todavía la amo, a pesar de lo que he hecho. El mismo día en que los abogados me notificaron que ya estaba oficialmente divorciado, despues de ventilarme una botella de vodka, cogí mi coche, conduje a la mayor velocidad que permitía mi vehículo y me lancé por el puente de entrada al pueblo.

Mi pequeño utilitario quedó destrozado al caer al barranco, pero sorprendentemente sufrí sólo una pequeña quemadura y unos cuantos rasguños sin mayor importancia. Entonces supe que el Señor estaba conmigo y quería que siguiera adelante. Me iba a convertir en el hijo pródigo.
Desde entonces seguí luchando por mi vida, encontré trabajo en la fábrica de zapatos, acudía puntualmente a las reuniones organizadas por la parroquia y dejé de beber. Con el tiempo, Sandrá me fue dejando visitar a nuestro hijo e incluso llevármele de excursión al zoo o al parque de atracciones y mis esperanzas de volver a formar una familia aumentaban.

Todo parecía ir encarrilado, gracias a Dios, y pronto recuperaría a mi mujer, pero el Diablo, cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Cuando salía de la fábrica, me dirigí a comprar una hamburguesa y en Wendy’s pude ver a Sandra besando a otro hombre. Con la ayuda de nuestro Señor pude salir del local y me dirigí al Club, donde me encerré hasta el amanecer, ahogando mis sentimientos en alcohol.
Cuando me echaron de aquel antro, monté en el coche y fui directamente a casa de Sandra. Grité para que saliera y me diera una explicación de su adúltero comportamiento, pero su amante apareció por el porche con un bate de beisbol en la mano y me dió una soberana paliza, quedando yo inconsciente.
Cuando desperté, fui a casa de mis padres, en la que vivía desde que Sandra me echó de mi hogar, y encerrado en mi habitación me puse a rezar. No probé bocado en dos días, a pesar de las insistencias de mi santa madre y, al tercer día, la policía vino a comunicarme la noticia: Mi hijo había sido atropellado por un camión cuando salía del Colegio. Murió en el acto.

Tras consultarlo mil y una veces con Nuestro Señor, me decidí a actuar: me encaminé al sótano, agarré la escopeta y unos cuantos cartuchos, para dirigirme a continuación a por la adúltera homicida, que no había tenido escrúpulos en asesinar a mi niño.
Esperé a que su amante saliera de camino al trabajo y entré en la casa por la puerta de la cocina. Tenía que purificar a Sandra, a la cual amaba ahora más que nunca. La encañoné y la pedí que se quitara los zapatos y los calcetines, quedando sus pies desnudos. Nos dirigimos a la cocina, donde la sugerí que llenara un balde de agua tibia y, una vez realizado ésto, con mi crucifijo en las manos me dispuse a lavarle los pies para liberarla de sus graves pecados.
Una vez limpia del mal, le pedí que me entregara su bolso, del cual saqué la pequeña pistola que le regalé para defenderse de tanto pervertido hijo de Satanás que anda suelto y me la guardé en el bolsillo del pantalón. Salimos al jardín y, acto seguido, le insté a que se pusiera de rodillas y me puse detrás de ella. -¿Sabes que te quiero, verdad? -Le pregunté, a lo que respondió moviendo la cabeza afirmativamente entre lágrimas. Entonces apreté por dos veces el gatillo de la escopeta cargada.

Ahora sólo quedaba que yo también subiera al Cielo y San Pedro nos reservara habitación a toda la familia. Agarré la pistola de Sandra y, tras comprobar que estaba cargada, me la puse en la boca. Tras varias indecisiones, finalmente disparé. Ahora voy al encuentro de mi mujer y mi hijo, que ya hace tiempo me esperan en el Paraíso.
