Los crímenes de los brujos

Inauguramos con este post las Primeras Jornadas Brujas de Psicodelirium… Akelarre, akelarre!!!

Corría el año 1.580 del Señor de algunos cuando Jean Bodin publicó en París su famoso tratado “De la Demonomaniae des Sorciers”. Valiéndose de sus grandes dotes para analizar la legislación de ese momento histórico y de la historia, como buen jurisconsulto que era, llegó a establecer que los brujos son culpables de nada menos que quince crímenes, aunque su persona y su obra fueran denostados poco después.

Aquellos crímenes venían a ser:

1º) Renegar de Dios.

2º) Maldecir de Él y blasfemar.

3º) Hacer homenaje al Demonio, adorándole y sacrificando en su honor.

4º) Dedicarle los hijos.

5º) Matarlos antes de que reciban el Bautismo.

6º) Consagrarlos a Satanás en el vientre de sus madres.

7º) Hacer propaganda de la secta.

8º) Jurar en nombre del Diablo en signo de honor.

9º) Cometer incesto.

10º) Matar a sus semejantes y a los niños pequeños para hacer conocimiento.

11º) Comer carne humana y beber sangre, desenterrando a los muertos.

12º) Matar, por medio de venenos y sortilegios.

13º) Matar ganado.

14º) Causar la esterilidad de los campos y el hambre en los paises.

15º) Tener cópula carnal con el Demonio.

Cuestión de fe

Siempre quise volver con Sandra. No es sólo porque tengamos un hijo en común, si no también porque todavía la amo, a pesar de lo que he hecho. El mismo día en que los abogados me notificaron que ya estaba oficialmente divorciado, despues de ventilarme una botella de vodka, cogí mi coche, conduje a la mayor velocidad que permitía mi vehículo y me lancé por el puente de entrada al pueblo.

Coche

Mi pequeño utilitario quedó destrozado al caer al barranco, pero sorprendentemente sufrí sólo una pequeña quemadura y unos cuantos rasguños sin mayor importancia. Entonces supe que el Señor estaba conmigo y quería que siguiera adelante. Me iba a convertir en el hijo pródigo.

Desde entonces seguí luchando por mi vida, encontré trabajo en la fábrica de zapatos, acudía puntualmente a las reuniones organizadas por la parroquia y dejé de beber. Con el tiempo, Sandrá me fue dejando visitar a nuestro hijo e incluso llevármele de excursión al zoo o al parque de atracciones y mis esperanzas de volver a formar una familia aumentaban.

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Todo parecía ir encarrilado, gracias a Dios, y pronto recuperaría a mi mujer, pero el Diablo, cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Cuando salía de la fábrica, me dirigí a comprar una hamburguesa y en Wendy’s pude ver a Sandra besando a otro hombre. Con la ayuda de nuestro Señor pude salir del local y me dirigí al Club, donde me encerré hasta el amanecer, ahogando mis sentimientos en alcohol.

Cuando me echaron de aquel antro, monté en el coche y fui directamente a casa de Sandra. Grité para que saliera y me diera una explicación de su adúltero comportamiento, pero su amante apareció por el porche con un bate de beisbol en la mano y me dió una soberana paliza, quedando yo inconsciente.

Cuando desperté, fui a casa de mis padres, en la que vivía desde que Sandra me echó de mi hogar, y encerrado en mi habitación me puse a rezar. No probé bocado en dos días, a pesar de las insistencias de mi santa madre y, al tercer día, la policía vino a comunicarme la noticia: Mi hijo había sido atropellado por un camión cuando salía del Colegio. Murió en el acto.

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Tras consultarlo mil y una veces con Nuestro Señor, me decidí a actuar: me encaminé al sótano, agarré la escopeta y unos cuantos cartuchos, para dirigirme a continuación a por la adúltera homicida, que no había tenido escrúpulos en asesinar a mi niño.

Esperé a que su amante saliera de camino al trabajo y entré en la casa por la puerta de la cocina. Tenía que purificar a Sandra, a la cual amaba ahora más que nunca. La encañoné y la pedí que se quitara los zapatos y los calcetines, quedando sus pies desnudos. Nos dirigimos a la cocina, donde la sugerí que llenara un balde de agua tibia y, una vez realizado ésto, con mi crucifijo en las manos me dispuse a lavarle los pies para liberarla de sus graves pecados.

crucifijo Una vez limpia del mal, le pedí que me entregara su bolso, del cual saqué la pequeña pistola que le regalé para defenderse de tanto pervertido hijo de Satanás que anda suelto y me la guardé en el bolsillo del pantalón. Salimos al jardín y, acto seguido, le insté a que se pusiera de rodillas y me puse detrás de ella. -¿Sabes que te quiero, verdad? -Le pregunté, a lo que respondió moviendo la cabeza afirmativamente entre lágrimas. Entonces apreté por dos veces el gatillo de la escopeta cargada.

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Ahora sólo quedaba que yo también subiera al Cielo y San Pedro nos reservara habitación a toda la familia. Agarré la pistola de Sandra y, tras comprobar que estaba cargada, me la puse en la boca. Tras varias indecisiones, finalmente disparé. Ahora voy al encuentro de mi mujer y mi hijo, que ya hace tiempo me esperan en el Paraíso.

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¿…que parezca un accidente?

Estamos ante un documento aterrador, algo espeluznante, vamos, que me pongo a temblar sólo de pensar en ello. Es un suceso terrorífico que parece planificado por el mismo Diablo.

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Acomódense en sus asientos, pulsen el “play” y sean testigos de este hecho siniestro y truculento. El argumento de la película “Destino Final 3D” a la misma altura del betún, entre “Monstruos S.A.” y “Poli de Guardería”.

Una Noche de Todos Los Santos

Como llevaba haciendo muchos años cada 31 de Octubre, Marisa prepara su caldero con los productos de limpieza para acudir al lugar donde descansa y la espera su marido, por el que tanto ha llorado y ha sufrido y al que tanto ha echado de menos.

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Voluntariosa como pocas, montó en su coche y condujo ausente durante todo el trayecto hasta las afueras de la gran ciudad, pensando en lo que aún amaba a Vicente, en lo que le había echado de menos en los momentos duros de la educación de los niños, en lo grande y solitaria que parecía la casa cuando los polluelos abandonaron el nido, en todas las esperanzas que ya había perdido.

Consiguió aparcar cerca de los puestos de venta de flores, bajó del coche y se demoró seleccionando con sumo cuidado aquellas que habrían de componer el más hermoso ramo de los que ese día familiares dolientes habían depositado sobre las tumbas de sus amados exiliados de la vida terrenal.

Sin mayor dilación subió de nuevo al cohe y se dirigió al aparcamiento del viejo cementerio municipal, en donde aparcó sin problemas. La mayoría de los que ese habían acudido tenían mejores planes un Viernes por la noche que llorar o amargarse dentro del corral de los muertos.

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No tardó en llegar a la morada del eterno descanso de sus ilusiones y proyectos de vida. Depositó el caldero en el suelo, sacó del mismo la botella de agua y los útiles de limpieza y se dispuso a fregar la tumba como quien cultiva un rito familiar ancestral, cepillo contra piedra y mármol, intentado hacer desaparecer el más nimio hongo, la más diminuta de las cagadas de pájaro,…

Una vez hubo limpiado y aclarado a conciencia la tumba, dedicó unos minutos a rezar las viejas oraciones que tantos han repetido tantas veces antes en las mismas circunstancias. Y se disponía a abandonar el lugar cuando vió aproximarse una sombra.

Instintitvamente, Marisa se agazapó al lado de la lápida de su difunto marido y el miedo empezó a aflorar al tiempo que la sombra se aproximaba más hacia donde ella estaba. Ya no cabía duda alguna. Fuera lo que fuese aquello, iba en su dirección, la había visto.

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Era sólo un hombre, sí. Agarró a Marisa con violencia y la sometió contra la tumba de su propio esposo. El cloroformo no tardó en hacer efecto y la mujer cayó en un estado de profunda inconsciencia. El extraño se dispuso a quitar el abrigo a la mujer y, posteriormente, el resto de su ropa…

A la mañana siguiente, los vigilantes de seguridad encontraron a Marisa vestida, sobre la tumba, pero profundamente dormida, rodeada de los utensilios que había traído: “Lo que hacen algunas por sus muertos no tiene nombre”.

Seguidamente, un grito de horror de uno de los vigilantes alerto al otro y despertó a la mujer: “David, tienes que ver ésto”. Allí, entre la abundante vegetación que aisla uno de los muros del cementerio, se encontraba colgado un hombre, muerto. Lo que nunca sabrá Marisa es que algo o alguien impidió que fuera violada aquella noche. Lo que nunca sabrán los vivilantes de seguridad es lo que hacen los muertos por los vivos.

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