La Visita

-¿Adrián?, ¿estás ahí?

-Sí, sí, buenas noches. Pasa, no te quedes a la puerta.

-Te lo agradezco, Buenas noches.

-Hace ya tiempo que te esperaba. Necesitaba hablarte de muchas cosas.

-Bueno, pues ya estoy aquí. Date prisa, no tenemos mucho tiempo.

-La vida no me ha tratado mal desde la última vez que nos vimos. Supongo que Rosana no puede decir lo mismo, ¿no?

-Rosana esta bien, mejor de lo que crees.

-¿Crees que podré verla algún día?

-Eso no depende de mí. Pero dime, ¿de qué quieres hablar?

-Tras el accidente, pasé por una depresión terrible. Me acostaba en la cama y no me levantaba hasta bien entrado el día, dormía y me despertaba al poco rato, no tenía apetito y llegué a perder más de veinte kilos, no quería ver a nadie, ni siquiera a mis hijos. Pasé por un infierno.

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-¿Cómo conseguiste salir de esa situación?

-Mis hijos no tenían mucho tiempo para mí, apenas acudían a visitarme y nunca venían con los niños. No querían que los pequeños me vieran en aquel estado. Supongo que querían evitarles pasar por un mal trago, tan jóvenes. Al menos hablaban con mi hermana.

-Los padres de ahora son demasiado protectores. Los niños tienen más miedo y menos recursos para afrontar… lo que venga.

-Como te decía, Laura, tras conocer de mi enfermedad, se trasladó a vivir conmigo. Me obligaba a llevar un horario para todo: A las doce o la una nos acostábamos, a las siete nos levantábamos y, tras una buena ducha, desayunabamos. Luego salíamos a dar un paseo por el parque. Nos hacíamos tres o cuatro kilómetros todas las mañanas. Después de hacer la compra, preparábamos la comida juntos, poníamos la mesa y nos metíamos un buen almuerzo en el cuerpo. En verano, nos permitíamos echar una corta siesta. Al poco rato, dado que ella había adquirido bonos para las piscinas municipales, todas las tardes nos hacíamos unos largos, cada día uno más. Luego veíamos alguna película, en el cine, en DVD o en Internet, cenábamos, un poco de lectura y a seguir la rueda.

-Esa rutina te sacó de la otra, ¿no?

-Así es, en un año me había recuperado notablemente y me encontré con fuerzas para reincorporarme en mi puesto de trabajo. Los hijos ya venían a verme con mis nietos. Incluso muchos días me los dejaban en casa, para poder ellos hacer sus vidas, trabajar más, o salir de vez en cuando con amigos.

-Bueno, la verdad, sí que pensé que debía venir a verte, pero…

-Mejor que no hubieras venido, prefiero que me veas tal y como estoy ahora. Satisfecho, feliz, sin miedo. Y con las cosas atadas, como me aconsejó el abogado.

-Bueno Adrián. Ya es la hora, debes venir conmigo. Te están esperando.

-¿Puedes hacer algo para que pueda ver a Rosana, aunque sea un minuto?

-Como te dije, eso no depende de mí.

-De acuerdo, vámonos. ¿Sabes? Tu rostro no me ha abandonado en estos años. Debí decírtelo aquel día: Eres incluso más bella que ella.

-Te sorprendí, ¿verdad? Como sabes, tengo mala prensa, ya que mi rostro refleja el corazón del que vengo a recoger. Tu mujer tenía buen fondo, como lo tienes tú. Por eso me ves así… y sin guadaña!

Tras incorporarse, La Muerte tomó la mano de Adrián y ambos desaparecieron de la habitación.

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El cazador y la muerte sin nombre

De la serie de relatos : Cristina Montenegro, asesina en serie

En el centro comercial, cargada de bolsas con regalos empaquetados en colores brillantes, llenas de lazos, cintas y adornos, se ve reflejada en el espejo del café donde entra, uno de esos lugares que parecen fotocopias plastificadas tridimensionales estandarizadas de pretendida modernidad.
Derrotada, Cristina Montenegro se desploma sobre la silla emitiendo un bufido, mientras sonriente acude a tomar su pedido una camarera uniformada con una sonrisa de estampación en su cara, como el logo de su camiseta. Desde la mesa de al lado, un hombre la estudia, primero disimulada y cautelosamente, luego descarada y agresivamente paseándose por todo su cuerpo.
Cristina en seguida repara en ello. Es también un depredador, como ella, pero de distinta naturaleza. Se sonríe para sus adentros esperando el abordaje, una vez que sus ojos sostienen la mirada al desconocido sin pudor ni sorpresa, ni falsos remilgos.

- ¿Me permites que me siente? – pregunta educadamente el hombre.

Tanto protocolo le resulta vomitivo a Cristina pero sabe que es necesario, pues el hombre tiene miedo de que la presa escape y sabe que debe mostrarse en todo momento correcto y encantador. Como si eso le importase a ella.

- Por supuesto, siéntate
- Gracias, permíteme que me presente …

Cristina se ríe cortándole:
- Por favor, ahórrame esa parte tan aburrida de los nombres y las presentaciones.

El hombre se queda descolocado un instante pero, en seguida, recupera el aplomo:
- Tendré que ponerte uno, entonces

Cristina se ríe por fuera, mientras por dentro piensa ¿qué coño va a ser esto, la historia interminable? Pues que no se eternice que he quedado para jugar al paddle.

- Seguro que lo harías muy bien, pareces una persona educada y culta, de buen gusto …

Cristina consigue decirlo sin inmutarse, manteniendo apenas la sonrisa apropiada mientras se muere de risa por dentro. Puede sentir como se infla el ego del hombre absorbiendo el aire que hay en la distancia que los separa. Cristina continúa:

- Sí, tienes un toque de poeta bohemio o de dandy, con camisa de Gucci y pantalones de Gianfranco Ferré.

Cristina no sabe muy bien si el hombre babea o se relame, pero en realidad se estruja el cerebro para decir algo interesante y calcula sus posibilidades, no es tonto y presiente que tendrá que jugárselo todo a una carta.

- ¿Adónde te apetece ir? – pregunta para cortar el silencio y la mirada directa e impertinente de Cristina.

- ¿Adónde voy a ir sin nombre?

- Iremos a buscarlo

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Se levantan con parsimonia. La muerte le ha tocado la frente, Cristina empieza a imaginar cómo será la agonía del presuntuso petimetre. Destino, Palomares 29. ¿Bondage? Este parece querer jugar duro.
Ésa es la pregunta que le hace al hombre que no duda en aceptar. Con todo, Cristina teme que la presa se le escape por algún breve resquicio de esos que la mente deja a la desconfianza. A veces el ser humano tiene un sexto sentido para detectar a los monstruos como ella ante el inminente peligro. Sin embargo, el hombre parece convencido de que él es el cazador.

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El cazador echa un vistazo al piso pero Cristina no quiere perder el tiempo. Le lanza el reto acercándose lasciva hacia él mientras su mano entrometida empieza a tocarlo:
- ¿Me permites que como anfitriona yo te haga los honores?- dice mostrando la cuerda que sostiene en la otra mano.
- Faltaría más, bella dama – responde el incauto caballero.

Cristina le despoja de sus ropas con delicadeza: uno a uno va desabrochando los botones de la camisa lamiendo la piel que va liberando, con fruición. Saca los restos de la camisa del pantalón y, mientras se deshace de los últimos botones, su lengua llega a esa frontera que marcan la cinturilla y el cinturón, y hace que el hombre se estremezca y deje escapar un leve gemido.

Cristina vuelve a su boca y en ella se entretiene, en cuanto una sola mano, habilidosa, suelta el cinto y el pantalón. El hombre con premura se deshace de ellos y los zapatos, devorando el cuello de Cristina y los generosos pechos que asoman por su escote. Ella le detiene y procede al laborioso atado del hombre, sometido y entregado, al que obliga a ponerse boca abajo.

- Vamos a jugar así primero- le miente, sabiendo que no habrá un después.

Amordaza al hombre y un escalofrío de placer recorre la espalda de éste; al tiempo, Cristina lo impregna de aceite aromático y empieza a trabajar su tensa y esculpida musculatura, que la excita de inmediato pues, además, su piel es delicada, tersa, suave…

Se inclina sobre él y deja que sus pezones acarien esa piel reluciente; electrizada, la recorre de arriba a abajo, incrementando la presión a cada escalada. Pero su sexo lampiño también reclama su parte de deleite y el hombre y ella serpentean sobre su propia excitación.

Cristina, jadeante, se detiene y bajan más allá de la espalda sus caricias. Sus manos se posan en el pliegue de los glúteos con las piernas y se va aproximando a la zona perianal. El hombre se estremece, los dedos de Cristina se deslizan desde allí hasta la bolsa escrotal en lánguidos movimientos que hacen que el hombre se revuelva gozoso.

Cristina ejerce una ligera presión sobre su ano, que instintivamente se retrae, pero la insistencia de su dedo le resulta cada vez más placentera, hasta que empieza a ceder al juego prohibido, sintiendo una extraña sensación de violación de lo más íntimo y, al mismo tiempo, un goce perverso.

Es penetrado, ya sin piedad, elevado al más oculto de los placeres, sin percatarse de que Cristina extrae un pequeño objeto de la mesilla, el cual desprende de su película de plástico grabada con las letras JM. Tiene forma de óvalo y el diámetro de una uña grande. Cristina lo introduce en su esfínter, que se contrae ante el inesperado cambio y se resiste, sin embargo, Cristina presiona con delicadeza hasta introducir el compuesto. El hombre se retuerce, transpira copiosamente, se agita e intenta estrechar el orificio, pero el dedo de Cristina mantiene dentro ese cuerpo extraño que empieza ya a deshacerse, a disolverse penetrando en su torrente sanguíneo.

El hombre empieza a abandonarse, deja de ejercer presión, su respiración se ralentiza y sus sentidos se deslizan hacia suaves sensaciones inusitadas que aparecen y se desvanecen en sus propias cenizas. El hombre empieza a ser un bulto flácido en la cama de Cristina Montenegro. Ya no quiere ni puede luchar porque todo se nubla y una bruma apacible lo inunda y, en ella, se va perdiendo, poco a poco, de sí mismo, hasta que lo absorbe por completo de la realidad y de la vida. De hecho, ha dejado de respirar.

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Este relato está dedicado a JM quien le dio a Cristina el supositorio letal en que se basa este relato.

Todo lo relacionado con “Cristina Montenegro, asesina en serie” en:

Página de relatos de Cristina Montenegro

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Entrega, un relato de sumisión por Ama Bacana

Hoy Psicodelirium cede su espacio a otras mentes creativas para publicar, con muchísimo gusto, el relato “Entrega” de Ama Bacana. Esperamos que su colaboración sólo sea la primera de muchas otras y que lo disfrutéis.

Noche de luna llena, símbolo de culminación. Una música de fondo que llega como distante, armonizando sin distraer los sentidos que deben permanecer alerta. Una vela azul e incienso.

Un desnudarse lento de los cuerpos y el baño purificador –víctima y victimaria- aleteando en la caricia bajo el agua que cae indomable. La ceremonia de secar la piel apenas rozándola y luego el aceite resbalando, brillando, incitando a los cuerpos a frotarse. Excitación.

mujer

La victimaria ordena a la víctima a acostarse boca abajo en la cama, se tiende a su lado y mientras lo envuelve en su red de caricias: pies, pantorrillas, muslos, glúteos, cintura, espalda brazos, cabeza… va acercándose a su oído y le habla muy suave:

- Vos lo sabés, éste es el día, vas a morir. En eso consiste la entrega, en darme el poder para decidir cuándo y cómo. El porqué es muy sencillo: mi placer. Tu muerte llegará para arrebatar mis sentidos de placer. Serás mío en cuerpo y alma. Primero gozará mi carne con tu carne, tendrás que arrastrar mis gritos orgásmicos hasta los portales de la luna, derramando por y para mí, todo tu esperma. Luego serás penetrado, violado, golpeado.

penetrado

Sentirás el dolor purificador en la carne mientras tus manos permanecerán libres e inmóviles como símbolo de sumisión. Habrá un instante preciso, un quiebre, una señal… que me indicará que llegó la hora. Los arañazos de las espinas en los muslos y nalgas te advertirán: vas a sentir un pinchazo intenso pero breve. El elixir de la muerte se escurrirá muy lentamente por tu cuerpo. Sí, un poquito te va a quemar. Vas a sentir como se calienta tu sangre y sube rauda a tu cabeza que se aturde ante muchas voces que gritan al unísono. Luego se aflojarán tus extremidades, podrá relajarse la cabeza en un hormigueo de pensamientos blancos, nevados, y un frío agudo como miles de hojas de cuchillas se meterá de lleno en tus huesos. Luego sobrevendrá la calma, y ahí sabrás que llegó el final… que tu vida sin sentido terminará para que tu muerte corone mi placer.

Epílogo

Tendido boca abajo en la cama, rodeado de rosas secas, con las espinas clavadas en las piernas y finos hilos de sangre brotando aún de las heridas, yace la víctima con una expresión de crispada felicidad en el rostro. Sus manos ya están frías. La victimaria actúa con celeridad, ajusta la máquina infernal y lo somete post mortem. Se agita, ríe, goza. Se excita, se masturba, y tras el estallido del orgasmo deja abandonada a la víctima, penetrada sobre las sábanas húmedas de olvido.

sumision

La cacería recomienza…

Caníbal Lester y el sexo: las guarris y calentorras – Parte 2

Punta de Lanza nos llamó a conciliábulo para decirnos que era hora de pirarse a otro garito. Friki-Man balbuceó:

- Pero … pero … nos las llevamos ¿no?

Punta de Lanza lo miró condescendiente y le dijo:

- Tranqui, chaval, que a donde vamos hay más

Friki-man gruñó sin tenerlas todas consigo.

El siguiente garito era propiamente un nido de lobas, guarras y salidas (no os digo el nombre del sitio, queda como coto de caza vedado). En la barra empezaron ya a acosarnos, a Friki-man practicamente tuvimos que arrastrarlo a la pista.

Punta de lanza se lo curraba a base de comerles la oreja (no sensu strictu como yo), Friki-man ya estaba suelto y con sus movimientos sexys se magreaba con lo que se le ponía a tiro. A mí, en un descuido, me abdujeron para echar un polvo subrepticio y anónimo. Por lo menos, la noche ya me había servido para darle una alegría a la pirindola.

Sacamos a rastras nuevamente a Friki-man, mientras el muy cabrón se revolvía y nos clamaba a los cuatro vientos:

- Hijos de la gran puta, así no voy a mojar, maricones de mierda…

Cuando entramos en el siguiente garito, Friki-man cayó en tal estado de éxtasis que a su lado Santa Teresa era como una pija mirándose al espejo.

santa-teresa

Punta de Lanza, perro viejo, nos había llevado al antro de guiris más famoso de la ciudad.

Friki-man bajó de los cielos y preguntó con su soniquete balbuceante y ya empalagoso por el alcohol:

- Y … y … ¿éstas también son unas calentorras como las nacionales de antes?

Punta de lanza y yo intercambiamos una mirada cómplice y Friki-man recibió una palmadita en la espalda.

- Bendita ignorancia, ¿nunca has estado en Benidorm?- le dije yo

- Mira, tío, esto es como la ONU de las guarras, aquí hay nacionales e internacionales, de todos los colores y sabores… y aquí se separan nuestros caminos, pequeño saltamontes.

Punta de Lanza se perdió en la marea de gente a dar la chapa indiscriminadamente, yo me dediqué al producto nacional y a Friki-man, la última vez que lo vi, se llevaba a la barra a una te(u)tona monumental, de ancho y de alto. Yo creo que era mucho barco para aquel grumetillo…

Yo ya había echado mi polvete de la noche y la chavala que me había arrinconado se estaba poniendo pesada para que nos fuésemos a follar.  No es que le hiciese ascos a repetir, uno está dispuesto a todo cuando se trata de meter la polla, pero aquél no era mi rollo, yo tengo un estilo de vida diferente y mi mente trabaja de otra manera, como caníbal oportunista que soy, acecho a la presa, visualizo el objetivo y voy a por él. Yo no soy la presa y me sentí acosado…

Tanto que me la llevé a fuera, le pasé el brazo por los hombros y le expliqué qué era yo… La tía, por supuesto no se lo creía, pensaba que era una broma mía y se reía de mis aventuras… así que la empotré contra una señal. El ostión que se pegó fue brutal, empezó a sangrar a chorro por la nariz, quedó medio sonada y tuvo que tumbarse en el suelo despatarrada. No pude evitarlo y empecé a descojonarme de risa, mientras llamaba al 112. ¡Lástima que no se le hubiese caído un trozo de nariz para picar algo mientras llegaba la ambulancia!

Otros relatos de Caníbal Lester:

Caníbal Lester y el sexo: las guarris y calentorras – Parte 1

La historia de Caníbal Lester

Caníbal Lester y las páginas pro-anorexia

Caníbal Lester y las tetas

Caníbal Lester y el cameltoe