De la serie de relatos : Cristina Montenegro, asesina en serie
En el centro comercial, cargada de bolsas con regalos empaquetados en colores brillantes, llenas de lazos, cintas y adornos, se ve reflejada en el espejo del café donde entra, uno de esos lugares que parecen fotocopias plastificadas tridimensionales estandarizadas de pretendida modernidad.
Derrotada, Cristina Montenegro se desploma sobre la silla emitiendo un bufido, mientras sonriente acude a tomar su pedido una camarera uniformada con una sonrisa de estampación en su cara, como el logo de su camiseta. Desde la mesa de al lado, un hombre la estudia, primero disimulada y cautelosamente, luego descarada y agresivamente paseándose por todo su cuerpo.
Cristina en seguida repara en ello. Es también un depredador, como ella, pero de distinta naturaleza. Se sonríe para sus adentros esperando el abordaje, una vez que sus ojos sostienen la mirada al desconocido sin pudor ni sorpresa, ni falsos remilgos.
- ¿Me permites que me siente? – pregunta educadamente el hombre.
Tanto protocolo le resulta vomitivo a Cristina pero sabe que es necesario, pues el hombre tiene miedo de que la presa escape y sabe que debe mostrarse en todo momento correcto y encantador. Como si eso le importase a ella.
- Por supuesto, siéntate
- Gracias, permíteme que me presente …
Cristina se ríe cortándole:
- Por favor, ahórrame esa parte tan aburrida de los nombres y las presentaciones.
El hombre se queda descolocado un instante pero, en seguida, recupera el aplomo:
- Tendré que ponerte uno, entonces
Cristina se ríe por fuera, mientras por dentro piensa ¿qué coño va a ser esto, la historia interminable? Pues que no se eternice que he quedado para jugar al paddle.
- Seguro que lo harías muy bien, pareces una persona educada y culta, de buen gusto …
Cristina consigue decirlo sin inmutarse, manteniendo apenas la sonrisa apropiada mientras se muere de risa por dentro. Puede sentir como se infla el ego del hombre absorbiendo el aire que hay en la distancia que los separa. Cristina continúa:
- Sí, tienes un toque de poeta bohemio o de dandy, con camisa de Gucci y pantalones de Gianfranco Ferré.
Cristina no sabe muy bien si el hombre babea o se relame, pero en realidad se estruja el cerebro para decir algo interesante y calcula sus posibilidades, no es tonto y presiente que tendrá que jugárselo todo a una carta.
- ¿Adónde te apetece ir? – pregunta para cortar el silencio y la mirada directa e impertinente de Cristina.
- ¿Adónde voy a ir sin nombre?
- Iremos a buscarlo

Se levantan con parsimonia. La muerte le ha tocado la frente, Cristina empieza a imaginar cómo será la agonía del presuntuso petimetre. Destino, Palomares 29. ¿Bondage? Este parece querer jugar duro.
Ésa es la pregunta que le hace al hombre que no duda en aceptar. Con todo, Cristina teme que la presa se le escape por algún breve resquicio de esos que la mente deja a la desconfianza. A veces el ser humano tiene un sexto sentido para detectar a los monstruos como ella ante el inminente peligro. Sin embargo, el hombre parece convencido de que él es el cazador.

El cazador echa un vistazo al piso pero Cristina no quiere perder el tiempo. Le lanza el reto acercándose lasciva hacia él mientras su mano entrometida empieza a tocarlo:
- ¿Me permites que como anfitriona yo te haga los honores?- dice mostrando la cuerda que sostiene en la otra mano.
- Faltaría más, bella dama – responde el incauto caballero.
Cristina le despoja de sus ropas con delicadeza: uno a uno va desabrochando los botones de la camisa lamiendo la piel que va liberando, con fruición. Saca los restos de la camisa del pantalón y, mientras se deshace de los últimos botones, su lengua llega a esa frontera que marcan la cinturilla y el cinturón, y hace que el hombre se estremezca y deje escapar un leve gemido.
Cristina vuelve a su boca y en ella se entretiene, en cuanto una sola mano, habilidosa, suelta el cinto y el pantalón. El hombre con premura se deshace de ellos y los zapatos, devorando el cuello de Cristina y los generosos pechos que asoman por su escote. Ella le detiene y procede al laborioso atado del hombre, sometido y entregado, al que obliga a ponerse boca abajo.
- Vamos a jugar así primero- le miente, sabiendo que no habrá un después.
Amordaza al hombre y un escalofrío de placer recorre la espalda de éste; al tiempo, Cristina lo impregna de aceite aromático y empieza a trabajar su tensa y esculpida musculatura, que la excita de inmediato pues, además, su piel es delicada, tersa, suave…
Se inclina sobre él y deja que sus pezones acarien esa piel reluciente; electrizada, la recorre de arriba a abajo, incrementando la presión a cada escalada. Pero su sexo lampiño también reclama su parte de deleite y el hombre y ella serpentean sobre su propia excitación.
Cristina, jadeante, se detiene y bajan más allá de la espalda sus caricias. Sus manos se posan en el pliegue de los glúteos con las piernas y se va aproximando a la zona perianal. El hombre se estremece, los dedos de Cristina se deslizan desde allí hasta la bolsa escrotal en lánguidos movimientos que hacen que el hombre se revuelva gozoso.
Cristina ejerce una ligera presión sobre su ano, que instintivamente se retrae, pero la insistencia de su dedo le resulta cada vez más placentera, hasta que empieza a ceder al juego prohibido, sintiendo una extraña sensación de violación de lo más íntimo y, al mismo tiempo, un goce perverso.
Es penetrado, ya sin piedad, elevado al más oculto de los placeres, sin percatarse de que Cristina extrae un pequeño objeto de la mesilla, el cual desprende de su película de plástico grabada con las letras JM. Tiene forma de óvalo y el diámetro de una uña grande. Cristina lo introduce en su esfínter, que se contrae ante el inesperado cambio y se resiste, sin embargo, Cristina presiona con delicadeza hasta introducir el compuesto. El hombre se retuerce, transpira copiosamente, se agita e intenta estrechar el orificio, pero el dedo de Cristina mantiene dentro ese cuerpo extraño que empieza ya a deshacerse, a disolverse penetrando en su torrente sanguíneo.
El hombre empieza a abandonarse, deja de ejercer presión, su respiración se ralentiza y sus sentidos se deslizan hacia suaves sensaciones inusitadas que aparecen y se desvanecen en sus propias cenizas. El hombre empieza a ser un bulto flácido en la cama de Cristina Montenegro. Ya no quiere ni puede luchar porque todo se nubla y una bruma apacible lo inunda y, en ella, se va perdiendo, poco a poco, de sí mismo, hasta que lo absorbe por completo de la realidad y de la vida. De hecho, ha dejado de respirar.

Este relato está dedicado a JM quien le dio a Cristina el supositorio letal en que se basa este relato.
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